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Inicial Fórum Sonetos e Poemas de Shakespeare Vênus e Adonis Venus y Adonis (Versão em Castelhano)

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    Versión lírica de Ramón García González
    
    Cuando apenas, al sol, con semblante escarlata
    le da el último adiós la bella aurora en lágrimas,
    Adonis se dispone al placer de la caza,
    a la que tanto ama, que del amor se mofa;
    mientras Venus, enferma de deseo, le acosa	 5
    y cual audaz amante, trata de enamorarle.
    
    «Tú, tres veces más bello, que yo soy» le declara.
    «Cuya flor y dulzura, ciegamente ama el prado,
    que a las ninfas empañas, y que eres como el hombre,
    más blanco que las rosas y las propias palomas.	 10
    Te hizo un día Natura, con ella en competencia
    para decirle al Mundo que con tu muerte acaba.
    
    Baja de tu caballo, portento de hermosura,
    sujeta su cabeza al fuste de la silla
    y si este favor me haces, por ello, te prometo,	 15
    descubrirte mil veces los secretos más dulces;
    siéntate junto a mí, donde no haya serpientes
    silbando alrededor, mientras te beso amante,
    
    sin que tu labio sienta, que se apaga este fuego,
    que sentirás más ganas entre tanta abundancia,	 20
    pasando del rubor a la albura al instante,
    que diez besos serán cual uno y como veinte:
    Que un día de verano será como una hora
    derrochada entre gozos donde el tiempo se pierde.»
    
    Después de esto le toma, su sudorosa mano,	 25
    tan llena de vigor y de vitalidad,
    y temblando de ardores, le nombra como bálsamo
    terrenal soberano, que hasta las diosas cura
    y ya en pleno delirio su anhelo le da fuerzas,
    para bajarlo ciega y audaz de su caballo.	 30
    
    Sobre su brazo cuelgan las riendas del corcel,
    mientras el otro abraza al dulce y tierno joven,
    que con rubor y enfado y con frío desdén,
    indiferente al juego no expresa algún deseo;
    ella ardiente y roja cual relumbrante brasa,	 35
    él rojo de vergüenza, pero incapaz de amarla.
    
    La ornamentada brida a una rama nudosa
    ella ata prontamente ¡Cuál ligero es Amor!
    El caballo está atado y en ese mismo instante
    trata de sujetar al rebelde jinete;	 40
    lo hace retroceder hacia donde ella quiere
    y con fuerza le obliga pero no con lujuria.
    
    Una vez él en tierra se tumba ella a su lado,
    cada uno apoyado, en codos y caderas,
    si le acaricia el rostro, él se enoja y se enrabia	 45
    reprendiendo su gesto; ella le cierra el labio
    y besándolo le habla con lascivo lenguaje:
    «Si me regañas, nunca, podrás abrir los labios.»
    
    El arde de vergüenza y ella trata con lágrimas
    mitigar el pudor de sus rojas mejillas;	 50
    mientras con sus suspiros y dorados cabellos
    pretender abanicar su rostro hasta secarle;
    él la llama soberbia y la acusa su falta,
    aunque después a todo ella con besos mata.
    
    Cual un águila hambrienta punzada por ayuno,	 55
    desgarra con su pico, plumas, carnes y huesos,
    y batiendo sus alas, devora ávidamente,
    hasta sentirse harta y acabar con su presa;
    ella besa su frente, su mejilla y mentón,
    y allí donde termina vuelve de nuevo al juego.	 60
    
    El se siente forzado, mas nunca la obedece,
    yaciendo sobre ella y exhalando su aliento,
    del cual ella se nutre tal como en una presa:
    Oh celeste humedad y aire de gracia;
    convirtiendo su rostro en floridos jardines	 65
    que el aliento de él, riega con finas lluvias.
    
    Mirad, tal como un pájaro, atrapado en la red,
    así yace en sus brazos, Adonis maniatado;
    vencida su vergüenza, se despierta su cólera,
    la cual da más belleza al enfado en sus ojos:	 70
    pues la lluvia agregada a un río caudaloso
    por fuerza causará un gran desbordamiento.
    
    Ella sigue implorando, graciosamente implora
    modulando el decir para un gentil oído;
    él abatido aún airado la amenaza,	 75
    con la roja vergüenza y cenicienta cólera;
    ella así aún más le ama y al ver su palidez
    aumenta su pasión con un gozo más vivo.
    
    Que él se muestre a su gusto, ella sólo ha de optar
    por el amor, y jura, con su mano inmortal	 80
    no apartarse jamás del seno de su amante,
    hasta que él no pare de llorar largamente,
    cuyas lágrimas riegan sus divinas mejillas,
    y un dulce beso paga esta deuda sin cuenta.
    
    Ante esta promesa él levanta su cara,	 85
    tal como un somormujo que emerge de una ola,
    que al verse descubierto, de nuevo se sumerge;
    así ofrece entregar él lo que ella le pide,
    mas cuando ella está lista y le ofrece sus labios
    él parpadea y vuelve sus labios a otra parte.	 90
    
    Nunca viajero alguno, en el verano ardiente,
    ansió beber como ella la dulce concesión.
    Ella ve su remedio, mas no puede lograrlo
    y aunque en agua se baña su fuego sigue ardiendo:
    «¡Oh, piedad!» ella grita «¡Pedernal corazón!	 95
    Sólo un beso te imploro; ¿por qué eres tan esquivo?
    
    He sido cortejada, cual te cortejo ahora,
    por el fiero y terrible dios de la misma guerra,
    cuya cerviz jamás fue en batalla inclinada,
    y el que conquista y triunfa en todos los combates,	 100
    ha sido mi cautivo y a la vez fue mi esclavo,
    y a mendigado aquello que te doy sin pedirlo.
    
    El sobre mis altares ha colgado su lanza,
    su golpeado escudo y su triunfal cimera,
    y aprendió por mi gozo juegos dulces y danzas,	 105
    a ser loco y simpático, divertido y afable
    desdeñando el tambor y la bandera roja;
    fue su campo mis brazos y su tienda mi cama..
    
    Si todo él dominaba, yo a él le dominé,
    cautivo en un rosario de rosas encarnadas:	 110
    obediente su acero a una fuerza más fuerte
    mas servil, sin embargo, ante mi frialdad.
    ¡No seas orgulloso ni del poder te jactes,
    dominando a quien rinde al dios de los combates!
    
    Toca al menos mis labios con los tuyos tan bellos	 115
    -que aun que no tan hermosos, son iguales de rojos-
    y así el beso será tan tuyo como mío;
    ¿qué miras sobre el césped? Levanta tu cabeza,
    y verás tu belleza en mis propias pupilas;
    ¿y si juntos los ojos, juntemos, también labios?	 120
    
    ¿Te da vergüenza el beso? Cierra, pues bien los ojos,
    tal como yo los cierro y hagamos noche el día,
    que donde dos se encuentran se descubre el amor;
    se osado, que este juego nuestro, no está a la vista:
    y estas azules venas en que nos apoyamos	 125
    no podrán delatarnos ni saber nuestro anhelo.
    
    La tierna primavera sobre tu ansiado labio
    revela inmadurez; que merece probarse:
    usa bien este tiempo, la ocasión es propicia;
    la belleza no debe ser en sí malgastada:	 130
    que si la flor hermosa no es cogida en su punto
    se consume y marchita apenas pasa el tiempo.
    
    Si es que yo fuera fea, detestable o arrugada,
    rústica de modales, contrahecha y de voz ronca,
    usada y despreciada, reumática y fría,	 135
    de mirada borrosa, flaca estéril sin jugo,
    podías vacilar que no te merecía
    mas, no teniendo taras, ¿por qué tú me aborreces?
    
    No eres capaz de ver ni una arruga en mi frente;
    son mis ojos azules, brillantes y vivaces;	 140
    y cual la primavera renuevo mi belleza,
    apretada de carnes y de médula ardiente;
    húmeda mano y lisa que al tacto de tu mano,
    capaz de disolverse o fundirse en tu palma.
    
    Ordena que razone y encantaré tu oído,	 145
    tal como hace un hada flotaré sobre el césped,
    o cual lleva una ninfa desmelenado el pelo,
    bailando en las arenas sin dejar huella alguna
    que el amor es espíritu todo compuesto en fuego,
    que no se hunde, ligero, capaz de evaporarse.	 150
    
    Es testigo este prado en que feliz reposo,
    las flores y los árboles que mi cuerpo soportan;
    dos débiles palomas me arrastran por el cielo,
    desde la fiel mañana hasta la dulce noche
    y en todo tiempo allí donde jugar anhelo,	 155
    siendo el amor ligero ¿cómo en ti es tan pesado?
    
    ¿Está tu corazón prendado de tu rostro?
    ¿Puede tu mano diestra, hallar en la otra amor?
    Se tú quien te corteje y tú quien te rechace,
    quítate tu albedrío, y lamenta tu robo.	 160
    De esta forma Narciso, se prendió de sí mismo
    y murió por besar en la fuente su imagen.
    
    Para dar la antorcha luz. La joya por lucirla,
    para el sabor el manjar, juventud para el gozo,
    las hierbas por perfume, para granar las plantas,	 165
    lo que crece por sí, abusa de su aumento:
    del grano nace el grano, y de lo lindo el lindo;
    tú que tal has nacido, tu deuda es concebir.
    
    ¿Por qué tú te alimentas de la fecunda tierra
    si la tierra no puede de ti fecundizarse?	 170
    Por ley de la Natura te obliga a que tú engendres
    a los que han de vivir cuando tú ya no existas;
    y así, a pesar de todo, tú en ellos sobrevives,
    y lo que a ti parece eterno tendrá vida.»
    
    Ora la reina enferma de amor, está sudando,	 175
    pues de donde ella estaba, se ha marchado la sombra,
    y el Titán, fatigado de su alto mediodía,
    con su quemante ojo, ardiente los miraba,
    anhelando que Adonis fuera su conductor,
    y él al lado de Venus, reemplazar al amante.	 180
    
    Por entonces, Adonis, cansado de su fuerza,
    y con gesto sombrío y mirar desdeñoso,
    ojos ensombrecidos, con sus cejas fruncidas,
    tal cuando los vapores empañaban el cielo,
    exacerbado exclama: «¡Fuera, basta de amor!	 185
    que el sol quema mi rostro y tengo que partir.»
    
    «¡Ay de mí, -gime Venus- tan joven y tan cruel!
    ¡Con qué vanos pretextos te quieres alejar!
    Suspiraré el aliento celestial cuyo soplo
    refrescará el ardor de este sol que derrite:	 190
    haré para ti sombra con mis propios cabellos;
    y si también ardieran los apago con llanto.
    
    Brilla el sol desde el cielo, brilla pero calienta,
    y mira donde estoy, entre aquel sol y tú:
    El calor que recibo del sol poco me daña;	 195
    la llama de tus ojos es la que a mí me abrasa
    y si inmortal no fuera, aquí me moriría,
    entre el sol celestial y este sol terrenal.
    
    ¿Insensible, eres roca, duro como el acero?
    O más que roca o piedra que la lluvia ablanda:	 200
    ¿De mujer eres hijo, y no puedes sentir
    que es amar y el tormento del deseo de amor?
    Si tu madre tuviera espíritu tan duro,
    no hubiera conocido la maternal ternura.
    
    ¿Quién soy para que tú me desprecies así,	 205
    o que gran amenaza se esconde tras mi ruego?
    ¿Qué mal haré si pongo un beso en vuestros labios?
    Hermoso, habla primores, o ten la lengua muda:
    Dame tan sólo un beso, que yo devolveré
    con otro más intenso, y si quieres dos más.	 210
    
    ¡Fuera, cuadro sin vida, fría piedra insensible,
    ídolo bien pintado, opaca imagen muerta,
    estatua que contenta solamente a los ojos,
    tan parecido al hombre, pero jamás parido!
    Aunque tengas aspecto de hombre, tú, no eres hombre,	 215
    pues por instinto el hombre siempre tiende a besar.»
    
    Dicho esto, la impaciencia ahoga su voz rogante,
    y el excitado enojo le provoca una pausa;
    muestran su gran enfado sus ojos y mejillas,
    pues siendo en amor juez, no ganará su causa:	 220
    y ora llora, ora intenta hablar tan débilmente
    que su llanto interrumpe lo que intenta decir.
    
    Agita su cabeza, lo coge de la mano,
    unas veces lo mira, otras mira a la tierra;
    lo envuelve entre sus brazos como si fuera un cinto:	 225
    y encadenarlo entre ellos, pero el bien se resiste,
    y a veces cuando lucha por evadirse de ellos,
    ella anuda sus dedos de pálida azucena..
    
    «Bien mío -ella le dice- ya que aquí te he encerrado,
    dentro de este contorno de pálido marfil,	 230
    yo seré como un parque y tú cual un venado;
    comiendo donde quieras, sobre el monte o llanura:
    pasto sobre mis labios, y si hubiera sequía,
    desciende donde están las fuentes del placer.
    
    Dentro de este lugar está lo que desees,	 235
    llanuras deliciosas con abundante hierba,
    redondeadas colinas, y bosques sombreados
    para encontrar refugio de tempestad o lluvia.
    Sé, pues, tú, mi venado ya que yo soy tu parque
    y aunque ladren mil perros, no te perseguirán.»	 240
    
    Adonis ante esto, con tal desdén sonríe,
    que hay en cada mejilla dos bonitos hoyuelos:
    hizo Amor estos huecos, para ser enterrado
    en caso de morir en tan sencilla tumba,
    quizá ya previniendo que si él allí yacía,	 245
    donde el Amor estaba, jamás el moriría.
    
    Estos huecos perfectos, estos dulces fositos,
    se abren para tragarse la pasión de la Venus.
    Loca, ¿cómo podrá recobrar la razón?
    Ya mortalmente herida, ¿para qué un nuevo golpe?	 250
    ¡Oh reina del amor, destronada en su reino;
    amar a una mejilla que con desdén sonríe!
    
    Ahora, ¿hacia qué camino? ¿qué tendrá que decir?
    su verbo ha sido inútil, sus dolores aumentan;
    con el paso del tiempo, su pasión quiere huir,	 255
    de los brazos de ella, él lucha por salir.
    «¡Piedad, algún favor, algo de compasión!»
    El emprende la fuga y corre hacia el caballo.
    
    Mas, de pronto, de una espesura vecina,
    una robusta yegua, juvenil y arrogante,	 260
    al caballo de Adonis, espía enamorada,
    se adelanta corriendo, relinchando y soplando
    y el alazán al verla, aún a un árbol atado,
    fuerte, rompe sus riendas y corre hacia la yegua.
    
    El, altanero brinca, relincha aún amarrado,	 265
    deshace el gran tejido de sus fuertes amarres;
    marca su duro casco en la tierra que pisa,
    que en su seno resuena como un trueno del cielo;
    el hierro del bocado, entre sus dientes rompe,
    pasando a dominar lo que le sometía.	 270
    
    Empina las orejas, sus crines se le erizan,
    en ondas deslizantes sobre su esbelto cuello,
    aspira el aire ansioso y otra vez lo despide:
    cual pasa con un horno despidiendo vapores:
    y en su altivos ojos, brillantes como el fuego,	 275
    muestra su gran coraje y su ardiente deseo.
    
    A veces trota como, si sus pasos contaran,
    con gentil majestad y modesta jactancia;
    de pronto salta y se encabrita y relincha
    cual queriendo decir: «Mirad mi fortaleza;	 280
    y hago esto por ver, si cautivo el mirar,
    de esa yegua tan linda que está cerca de aquí.»
    
    ¿Cómo poder fijarse en su jinete airado,
    en su mimoso «¡Hola!» o en su «¡Quieto te digo!»
    ¿Qué le importan a él las espuelas o bridas	 285
    o la rica gualdrapa o las vistosas galas?
    El sólo ve su amor incapaz de otra cosa,
    que a su altiva mirada, nada más le complace.
    
    Mirad, cuando un pintor, a la vida supera,
    dibujando un caballo tan bien proporcionado	 290
    que rivaliza en arte con la propia Natura,
    cual si lo muerto fuera más real que lo vivo;
    así este corcel gana a otro corcel corriente
    en forma, en valentía, andar y condición.
    
    Cascos y andares bellos, larga y tupida crin,	 295
    gran pecho y ojos grandes, proporcional cabeza,
    alto cuello, y orejas cortas, robustas patas,
    crines y espesa cola, gran grupa y liso pelo
    todo lo que es belleza a él no le faltaba,
    excepto un buen jinete para sus buenos lomos.	 300
    
    A veces se distancia y arrogante se planta,
    otras le causa espanto el temblar de una pluma;
    otras trata que el viento compita en su carrera
    y no sabe si corre y no sabe si vuela,
    ya que en su crin y cola el fuerte viento canta,	 305
    ondeando sus crines como emplumadas alas.
    
    Mira a su dulce amor, y por ella relincha;
    ella responde cual si su pensar supiera,
    sintiéndose cual hembra, al verse cortejada;
    se hace la indiferente, mas bien parece arisca	 310
    rechazando al corcel y de su ardor burlándose,
    despreciando con coces sus amables caricias.
    
    Entonces, melancólico, muestra su descontento,
    y hasta baja la cola cual penacho flotante,
    buscando alguna sombra para el sudor del anca:	 315
    piafa, y muerde a las pobres moscas con su gran rabia.
    Su amor, dándose cuenta de cómo está de airado,
    se torna más mimosa y apacigua su furia.
    
    Mas su impaciente amo, trata de sujetarlo,
    y a la indomable yegua le da temor el verlo,	 320
    tratando velozmente de no ser aprendida,
    el caballo la sigue, dejando solo a Adonis.
    Como locos se esconden en el espeso bosque
    dejando atrás los cuervos que vuelan sobre ellos.
    
    Por el correr cansado, Adonis, renegando	 325
    contra su impetuosa caballería indomable:
    y ahora, una vez más, la feliz ocasión
    da al enfermo de Amor, redoblada insistencia,
    pues los amantes dicen que hay triple sufrimiento
    si al corazón le niegan la ayuda de la lengua.	 330
    
    Como un horno cerrado o un río detenido,
    aquel es más ardiente, y hay más furia en el agua,
    tal se puede decir del dolor reprimido;
    que hablar libre mitiga el fuego del amor;
    pero si el defensor del corazón se calla,	 335
    el cliente se hunde, abatido en su causa.
    
    Cuando la ve venir, empieza a enrojecer,
    cual revive en el viento un carbón apagado,
    guardando en su bonete su faz más enojada;
    pone la vista en tierra con su turbado ánimo,	 340
    sin poner atención en la presencia de ella,
    pues sus ojos apenas la miran de soslayo..
    
    ¡Oh, que gran espectáculo, verla tan anhelosa,
    acercarse furtiva al tozudo muchacho,
    observando la lucha del color en su cara,	 345
    cómo el carmín y el blanco uno a otro se destruyen!
    Su mejilla que estaba pálida, poco a poco,
    se enciende como un gran relámpago del cielo.
    
    Ella al verle sentado, a su lado se sienta
    y como amante humilde a sus pies se arrodilla:	 350
    con una de sus manos le libra del sombrero,
    mientras la otra acaricia sus hermosas mejillas:
    las mejillas conservan la huella de su mano,
    como guarda la nieve al caer cualquier huella.
    
    ¡Qué guerra de miradas se desata entre ellos!	 355
    Los ojos de ella ruegan suplicantes los de él,
    pero los ojos de él hacen que no la miran,
    ella mira y cautiva, él mira y la desdeña,
    hasta que el mudo drama termina con sus actos,
    con un coro de lágrimas de los ojos de ella.	 360
    
    Ella con gran ternura lo toma de la mano,
    cual lirio aprisionado en su cárcel de nieve,
    o pálido marfil en faja de alabastro;
    tan blanca amiga abraza a tan blanca enemiga:
    pero este gran combate de agresión y de fuerza	 365
    es como dos palomas ambas picoteándose.
    
    Ella maquina un nuevo y dulce parlamento:
    «¡Oh, tú, el más hermoso, caminante del mundo!
    Si fueras lo que yo y yo fuera un muchacho,
    estaría insensible y tú con esta herida	 370
    y por un mirar dulce quedarías sanado,
    aunque sólo la ruina me buscara al salvarte.»
    
    «¡Devuélveme mi mano!», dice él «¿por qué la estrechas?»
    «¡Dame mi corazón!» dice ella, «y la tendrás;
    ¡dámelo no suceda que se acere en el tuyo	 375
    y al volverse de acero no pueda suspirar
    y quedar para siempre ajena a todo amor;
    si el corazón de Adonis el mío endurecía.»
    
    «Por pudor», él le grita «dejarme ya partir;
    perdí mi diversión, ha huido mi caballo,	 380
    y sólo por tu culpa así lo perdí todo:
    idos de aquí, os ruego, dejadme por fin solo,
    pues mi alma y mi ser, tan sólo se preocupan
    de apartar mi caballo de esa salvaje yegua.»
    
    A esto ella le responde «Tu corcel, obediente,	 385
    le da la bienvenida al cercano deseo;
    pues la pasión es brasa que se debe enfriar,
    pues en caso contrario, arderá el corazón:
    el mar tiene sus límites, el deseo ninguno,
    por tanto no te extrañe, que tu corcel se vaya.	 390
    
    ¡Parecía un rocín, atado en aquel árbol,
    dominado sumiso por una sola rienda!
    Pero al ver a la yegua tan joven como un premio,
    miró con gran desdén su inútil cautiverio,
    destrozando la brida de su encorvada testa,	 395
    dejando libre el pecho, sus ancas y la boca.
    
    ¿Quién al ver a su amada, desnuda sobre el lecho,
    sobre sábanas blancas, con un color más blanco,
    podrá saciar sus ojos glotones de deseo,
    sin que pretendan tanto todo el entendimiento?	 400
    ¿Quién tan tímido es que con valor no intente
    aproximarse al fuego cuando el invierno aprieta?
    
    Permite que disculpe a tu corcel muchacho;
    he implora el corazón que del corcel aprendas
    a dar uso a los goces que a veces se presentan;	 405
    aunque yo quede muda, tu instinto te dirá;
    ¡oh! aprende a enamorarte, la lección es bien simple
    y una vez que lo intentes, jamás lo olvidarás.»
    
    «No conozco el amor, ni pienso conocerlo,
    no, si es un jabalí, para acosarlo entonces;	 410
    es excesivo el préstamo y no quiero deber;
    mi amor por el amor es sólo de desprecio;
    pues tengo por oído, que es en la vida muerte,
    y que risas y llantos van en el mismo aliento.
    
    ¿Quién llevará un vestido sin forma y sin remate?	 415
    ¿Quién arranca el capullo antes que brote hoja?
    Si las cosas que nacen se mutilan creciendo,
    se ajan en primavera, y pierden su valor:
    el potro que se monta o carga cuando es joven
    jamás será robusto, pues pierde su arrogancia.	 420
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