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Inicial Fórum Sonetos e Poemas de Shakespeare O Estupro de Lucrécia La violación de Lucrecia (Versão em Castelhano)

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    Versión lírica de Ramón García González
    
    
    La violación de Lucrecia
    
    
    Primera parte
    
    De la sitiada Ardea, apresuradamente,
    impulsado por alas de un infame deseo,
    abandona Tarquino su ejército romano
    y lleva hacia Colatio, el mal fuego sin lumbre,
    que oculto entre cenizas, acecha ese momento	 5
    de lanzarse y ceñir con llamas la cintura
    de la casta Lucrecia, amor de Colatino.
    
    Quizá aguzó el deseo el nombre de la casta
    su embotado filo despertó su lujuria,
    cuando el buen Colatino, quizá imprudentemente,	 10
    no dejó de alabar la mezcla rosa y blanco
    que fulgía triunfal en su felicidad,
    donde luces mortales, igual a las del cielo
    a él sólo se le daban en peculiar encanto.
    
    Pues la noche anterior, hablando con Tarquino,	 15
    le había descubierto su tesoro de dicha,
    esa inmensa riqueza donada por el cielo,
    al poseer por siempre a su bella consorte,
    cotizando su dicha a tan alto valor,
    que podían los reyes casarse con más glorias,	 20
    pero ni rey ni par con dama parecida.
    
    ¡Oh, clamorosa dicha, gozada por tan pocos
    y que apenas se obtiene se esfuma y se termina,
    cual plateado rocío fundido en la mañana
    con los primeros rayos del resplandor del sol!	 25
    ¡Oh, plazo que ya expira antes de su comienzo!
    La honra y la belleza en los brazos del dueño
    son débiles defensas para el pérfido mundo.
    
    La belleza, por serlo, resalta sin ayudas
    a los ojos del hombre sin pregonar su fama:	 30
    ¿para qué es necesario hacer su apología,
    de una cosa por rara, siempre tan singular?
    ¿por qué Colatino, el público orador
    del valor de su joya, que debió proteger
    de oídos de raptores por ser su bien preciado?	 35
    
    Tal vez hacer alarde de la bella Lucrecia,
    sugestionó a este infame, primer hijo de rey,
    que por nuestros sentidos, se tienta al corazón.
    O tal vez fue la envidia de prenda tan valiosa,
    que sin igual retaba toda ponderación,	 40
    la que picó en su mente y un súbdito gozara
    de un lote tan dorado, que para sí quisiera.
    
    Mas sea lo que fuere, su osado pensamiento,
    le instigó con la prisa y sin mediar razones
    de honor o de linaje, de asuntos o amistad,	 45
    olvidándolo todo, se alejó raudamente,
    para apagar la brasa que en hígado ardía.
    ¡Oh falso arder envuelto en helado pesar,
    primavera marchita que no envejece nunca!
    
    Cuando llegó a Colatio, este pérfido noble,	 50
    Fue muy bien recibido por la dama romana,
    en cuya faz luchaban, virtudes y belleza
    ¿cuál de las dos tendría mejor reputación?
    Al loar la virtud la otra enrojecía
    y si esta se jactaba del rubor, por despecho,	 55
    la virtud lo borraba con palidez de luna.
    
    Mas sabe la belleza, que recibe su albura
    de palomas de Venus y acepta el bello reto;
    la virtud le reclama su carmín a la otra,
    pues fue un préstamo dado a las edades de oro,	 60
    para servir de escudo a rostros plateados,
    enseñando su uso al rubor que defiende
    de todas las vergüenzas, la dulce palidez.
    
    Este blasón tenía el rostro de Lucrecia
    el rojo de belleza y el blanco de virtud;	 65
    respectivos colores de su real poder,
    probando su derecho desde el Génesis mismo,
    mas su ambición le instiga a proseguir la lucha
    y son tan soberanas estas dos combatientes
    que intercambian sus tronos en cada nueva lid.	 70
    
    Esta silente guerra de lirios y de rosas,
    Tarquino contemplaba en la faz de Lucrecia.
    Entre las castas filas sus ojos se aposentan
    y entre estas combatientes teme verse morir.
    Ya vencido y cautivo el cobarde se entrega,	 75
    ante los dos ejércitos. Mas le dejan partir
    antes que ver su triunfo, sobre un falso enemigo.
    
    Ahora piensa que el verbo del elocuente esposo,
    el pródigo avariento, que tanto la ensalzó,
    a pesar de su esfuerzo, no explicó la hermosura,	 80
    pues esta, excede en mucho la estéril narración.
    Así a las alabanzas de aquel fiel Colatino,
    hechizado Tarquino, responde con su mente,
    sin dejar de mirar con asombrados ojos.
    
    Esta santa terrestre por Satán adorada,	 85
    sospecha poco o nada del falaz orador
    que el noble pensamiento rara vez sueña el mal.
    Las aves no apresadas no temen a las sombras,
    por eso confiada le da la bienvenida
    y acoge con respeto al príncipe de huésped,	 90
    cuya interior maldad, no refleja su aspecto.
    
    Amparado se encubre en su elevada estirpe
    ocultando sus fines entre pliegues reales.
    Nada en él revelaba su lujuria y desorden,
    si acaso la excesiva mirada de sus ojos	 95
    que abrazándola toda no le satisfacía,
    pues, pobre en su riqueza, carece de abundancia
    y hastiado de lo mucho aspira siempre a más.
    
    Y ella que no compite con miradas extrañas,
    no puede hallar malicia en la osada mirada,	 100
    ni leer sus secretos, aun siendo transparentes,
    escrito en el cristal de semejante libro
    y al no usar tentaciones no temía el anzuelo,
    ni presentir siquiera en su falsa mirada,
    ya que sólo veía unos ojos mirándola.	 105
    
    El le cuenta al oído, la fama de su esposo,
    adquirida en los llanos de la fértil Italia
    y cubre de alabanzas la gloria de su nombre,
    ilustrando el valor del alto caballero,
    de sus melladas armas y coronas de triunfo.	 110
    Ella expresa su gozo, elevando sus manos
    y agradece en silencio los triunfos del marido.
    
    Con fingidos pretextos que ocultan sus motives
    se excusa el vil Tarquino de su impronta llegada.
    Ninguna nube indica un tiempo de tormenta	 115
    en su divino cielo, ni ella presiente nada.
    Pero al llegar la noche madre de los terrores-
    derrama sobre el mundo sus oscuras tinieblas
    y esconde en su cubil el luminoso día.
    
    Para entonces Tarquino, reclamará un buen lecho,	 120
    simulando cansancio y fatigado espíritu,
    pues después de la cena, alarga sus historias
    a la casta Lucrecia, mientras la noche llega.
    Lucha el sueño de plomo con las aladas fuerzas.
    Es hora del reposo, excepto los ladrones	 125
    y mentes turbulentas en permanente insomnio.
    
    Igual que estos, Tarquino, medita más que yace,
    los peligros que encierra obtener su deseo.
    Su voluntad resuelve conseguir su capricho,
    débiles fundamentos le aconsejan ser cauto.	 130
    Desesperado insiste para lograr el éxito,
    que el premio que le espera aunque la muerte implique,
    bien merece el intento, sin reparar en nada.
    
    Los que mucho codician se muestran tan ansiosos
    por adquirir sus logros, que por lo que no tienen,	 135
    disipan y derrochan sus propias pertenencias.
    Y en espera del más, obtiene siempre el menos,
    o si en algo mejoran, el fruto de su esfuerzo
    es tan escaso y pobre, tan lleno de inquietudes,
    que arruinan su riqueza, pagando el interés.	 140
    
    La esperanza de todos es mantener la vida
    con honor y con dicha en la edad del descenso
    y es preciso lograrlo, salvando los obstáculos,
    al exponer los bienes en falsas mutaciones.
    Por el honor, la vida, en las crueles batallas,	 145
    o el honor por el oro y más cuando este entraña,
    la muerte de los seres y todo lo perdemos.
    
    Así, nos exponemos y siempre abandonamos,
    aquello que tenemos por lo que ya esperamos
    y hay en la odiosa fiebre de la vil ambición,	 150
    un oculto tormento: El de la mezquindad
    de lo que poseemos, de suerte que olvidarnos
    nuestro bien personal y faltos de razón,
    reducimos las cosas por querer agrandarlas.
    
    Una suerte gemela, padecerá Tarquino,	 155
    al pignorar su honor por su sed de lujuria,
    para satisfacerse, necesaria es su ruina.
    ¿Dónde hallar la verdad si uno no cree en sí mismo?
    ¿Cómo espera encontrar justicia en un extraño,
    cuando él mismo se pierde y sin razón se entrega,	 160
    a las lenguas infames y a los días más tristes?
    
    Ahora el tiempo ha robado la vacilante noche,
    donde un sueño pesado hace entornar los ojos.
    Ninguna luz de estrella le presta claridad.
    Sólo se escucha al lobo y el grito de los buhos,	 165
    Ha llegado el momento de poder sorprender
    al cordero inocente. Duerme la mente en paz
    mientras el ladrón vela sus armas de matar.
    
    Tarquino, lujurioso, abandona su lecho,
    sobre su brazo lanza bruscamente su manto	 170
    y se agita febril de deseo y temor.
    El deseo le halaga y el temor le recela,
    pero el honesto miedo, al conjuro del otro,
    no le instiga ni apremia para que se retire,
    batido en la violencia del más loco deseo.	 175
    
    Golpea con su espada un duro pedernal,
    para hacer salir lumbre de la gélida piedra.
    De esta manera enciende una antorcha de tea,
    cual estrella polar de sus lascivos ojos.
    Deliberadamente le dice a sí a la llama:	 180
    «Como he logrado el fuego en esta fría piedra,
    forzare a que Lucrecia se rinda ante mi fuerza.»
    
    Pálido de temores medita en ese instante
    los peligros que encierra, su detestable empresa
    y en su interior discute los males venideros,	 185
    que pueden por desgracia acarrear sus actos.
    Mas arroja temores y sus ojos desprecian
    la indefensa armadura de su voraz lujuria
    y censura en justicia su injusto pensamiento.
    
    ¡Oh, mi brillante antorcha, no le preste la luz	 190
    al rostro de Lucrecia, cuya luz te supera!
    ¡Y, morid pensamientos sacrílegos que manchan
    con vuestras impurezas, aquello que es divino!
    ¡Ofreced puro incienso, en su sagrada ermita
    y dejad que los hombres aborrezcan la acción,	 195
    que empaña la modesta túnica del amor!
    
    ¡Oh, vergüenza del arma y de los caballeros!
    ¡Oh, deshonor innoble del familiar sepulcro!
    ¡Impiedad que encarcela a sus horribles daños!
    ¡Un hombre tan marcial, esclavo de este amor!	 200
    El valor verdadero debiera ser respeto.
    Mas mi acto es tan vil, mi condición tan baja,
    que quedará grabada para siempre en mi rostro.
    
    ¡Moriré y el escándalo ha de sobrevivirme,
    hiriendo la mirada que vea mi armadura!	 205
    Inventará el heraldo la barra degradante,
    que atestigüe el exceso de mi propio delirio
    y mis hijos y nietos, también avergonzados,
    maldecirán mis huesos para salvar su alma,
    al desear que el padre nunca hubiera existido.	 210
    
    ¿Mas qué gano si obtengo aquello que deseo?
    Soñar, un soplo, espuma de un mal furtivo gozo.
    ¿Por gozar un minuto, llorar una semana?
    ¿Vender la eternidad por lograr un juguete?
    Por un dulce racimo ¿quién a ruina una viña?	 215
    ¿Qué loco pordiosero, por tocar la corona,
    se expondría a morir por el peso del cetro?
    
    Si viera Colatino en sueños mi intención
    ¿no se despertará y en una rabia loca,
    correrá a este lugar a prevenir mis actos,	 220
    este asedio constante de su buen matrimonio,
    este borrón de imberbe, percance de cordura,
    virtud agonizante, superviviente mancha,
    cuyo crimen arrastra una deshonra eterna?
    
    ¡Oh! ¿Qué excusa podrá imaginar mi falta,	 225
    cuando en justicia acuses de tan oscura acción?
    ¿Será muda mi lengua? ¿Mis piernas temblaran?
    ¿Se quedará al fin ciego mi falso corazón?
    Cuando la culpa es grande, el temor es mayor
    y llevado a ese extremo ni lucha ni se esconde,	 230
    sino que de terror muere, como un cobarde.
    
    Si Colatino mata a mi padre o mi hijo
    o tiende una emboscada para buscar mi muerte,
    si no fuera mi amigo, quizás este deseo
    de ultrajar a su esposa, tendría alguna excusa;	 235
    quizás en la vergüenza o lavar las ofensas.
    Pero como es pariente y mi preciado amigo
    la vergüenza y la falta no encontrarán excusas.
    
    Que vergüenza si el hecho llegara a conocerse,
    es vil, pero no existe, el odio si se ama.	 240
    Imploraré su amor, sabiendo que es de otro,
    mas lo peor sería que ella me rechazara.
    Mi voluntad es fuerte, mas mi razón es débil.
    Quien teme una sentencia o el refrán de un anciano,
    se deja intimidar por un cuadro pintado.	 245
    
    Irreprensiblemente, mantiene la disputa,
    con la fría conciencia y al ardiente pasión,
    hasta que al fin despide los buenos pensamientos
    y estimula en su uso lo peor de su mente,
    la cual en un instante, confunde y aniquila,	 250
    los impulsos honestos y van tan en vanguardia
    que hasta lo vil parece una acción virtuosa.
    
    Y se dice a sí mismo: «Ella fue afectuosa
    y ha mirado en mis ojos buscando las noticias,
    de algún nuevo desastre de la facción guerrera,	 255
    en la que bravamente luchaba Colotino.
    ¡Oh, cómo su terror la hizo ruborizarse!
    Primero, como rosas, volcadas sobre lino
    y luego como el blanco del lino sin las rosas.
    
    Y ¡cómo fue su mano en la mía encerrada,	 260
    que me obligó a temblar como temblaba ella!
    Esto la entristeció y se aferró más fuerte,
    hasta que se enteró del bien del buen esposo.
    Entonces. sonreía, tan dulce y tan alegre,
    que si el propio Narciso así la hubiera visto,	 265
    nunca se hubiera ahogado por amor así mismo.
    
    ¿Por qué voy a la caza de pretextos o excusas?
    El orador es mudo si litiga belleza
    y al pobre desgraciado le remuerden sus faltas.
    El amor no prospera si el alma tiene sombras.	 270
    La pasión me conduce por ser mi capitán
    y si está desplegado el alegre estandarte,
    el más cobarde lucha sin rendirse jamás.
    
    ¡Fuera, pues, pueril miedo! ¡Muere vacilación!
    ¡La razón y el respeto escoltan a los viejos!	 275
    Mi corazón, jamás, irá contra mis ojos.
    Meditar lo pensado es trabajo de sabios,
    mi papel es del joven que en escena los tira.
    El deseo es mi guía. La belleza mi premio.
    ¿Quién teme, pues, hundirse, mirando su tesoro?»	 280
    
    Como el trigo se ahoga entre las malas hierbas,
    la quietud se sofoca si media la lujuria.
    Se desliza este príncipe con el oído atento,
    con su esperanza infama y recelo febril.
    Ambos son servidores de la vil injusticia,	 285
    que le turban con tantas, contrarias persuasiones,
    que ora proyecta un pacto y luego una invasión.
    
    Mas dentro de su mente, sólo existe Lucrecia
    y en aquel mismo trono, se sienta Colatino.
    Con uno de sus ojos adora a la más bella	 290
    y con el otro admira la fuerza del guerrero,
    mas este no se inclina por atender razones
    y trata de atraer al noble corazón,
    el cual ya corrompido toma el peor partido.
    
    Y entonces estimula sus serviles poderes,	 295
    los cuales halagados por su jocundo jefe,
    le llenan de lujuria, como el reloj de horas
    y creen en la audacia que el capitán le inspira,
    pagando un homenaje más servil del que deben.
    Locamente guiado por su infame deseo	 300
    va el príncipe romano al lecho de Lucrecia.
    
    Los cerrojos que existen, entre alcoba y deseo,
    forzados por su ira, retiran sus escudos,
    pero al dejarle paso critican su maldad
    con su rechinamiento. Apenas reflexiona:	 305
    Los cerrojos chirrían advirtiendo mi paso,
    nocturnas comadrejas, chillan cuando me ven,
    me asustan, mas no sabe, que doy pavor al miedo.
    
    Cada vez que una puerta le franquea la entrada,
    a través de rendijas, de puertas y balcones,	 310
    quiere el viento apagar su antorcha y detenerle
    y le sopla en los ojos el humo que despide
    tratando de que muera la claridad que guía.
    Su ardiente corazón, abrasado en deseos,
    aviva con un soplo la luz de aquella antorcha.	 315
    
    Con la luz reanimada, acierta a descubrir,
    un guante de Lucrecia, donde prende una aguja,
    lo coge de la estera en que está abandonado
    y al tomarlo, la aguja, le aguijonea un dedo,
    como para decirle: «Este guante no usa	 320
    de juegos tan lascivos, vuelve atrás raudamente
    ya ves que somos castos, por ser de la señora.»
    
    Los frágiles obstáculos no logran detenerle,
    e interpreta el reproche en el peor sentido:
    Puertas, vientos y guantes apenas le retardan	 325
    y tal como accidentes que le prueban, los toma.
    O el resorte que impulsa la hora del cuadrante
    y retardan el tiempo que miden con su marcha,
    porque cada minuto quede en paz con su hora.
    
    ¡Bah! dice, estos obstáculos son para mi aventura,	 330
    como fugaz helada en primavera,
    para añadir encanto a los hermosos días
    y ofrecer a las aves la razón de su canto.
    Paga con interés, la fatiga, sus prendas.
    Las rocas, vendavales, piratas y mal tiempo,	 335
    son terror del que merca, su tesoro a su patria
    
    Llega en este momento, al umbral de la alcoba,
    que cierra a cal y canto el cielo de su mente.
    Mas sólo hay un cerrojo que le impide la entrada
    y separa en su busca el deseado objeto.	 340
    La impiedad le enajena a tal punto su alma,
    que por lograr su infamia, incluso reza al cielo,
    como si el cielo fuera cómplice de su crimen.
    
    Mas en medio de aquella, plegaria infructuosa,
    después de haber pedido la mediación divina,	 345
    que le otorgue a Lucrecia para gozar su infamia
    y que en este momento los hados le consuelen,
    se detiene y exclama: «¡Difícil es mi empresa!
    los poderes que invoco, me repudian el hecho.
    ¿cómo podrán estar a mi lado en el acto?	 350
    
    Sean, pues, mis estrellas, mi amor y mi fortuna.
    Mi voluntad se apoya en mi resolución.
    El pensamiento es sueño, si no prueba su efecto.
    El pecado más negro, la absolución lo limpia.
    El hielo del temor el amor lo derrite.	 355
    Ciego se encuentra el cielo, la noche tenebrosa
    cubrirá la vergüenza, tras el dulce deleite.»
    
    Con su mano culpable, salta el leve pestillo
    y abre con su rodilla de par en par la puerta.
    La paloma ante el búho, duerme profundamente.	 360
    La traición, así obra, cuando no es descubierta.
    Quien descubre la sierpe se aparta de su lado,
    mas ella nada teme en su dormir profundo,
    yaciendo a la merced de la mortal punzada.
    
    Ya dentro de la alcoba el vil se precipita	 365
    y contempla aquel lecho, puro e inmaculado.
    Corridas las cortinas, ronda a su alrededor,
    sus insaciables ojos en sus órbitas giran.
    Su alma se alucina por su enorme traición,
    que da en seguida orden a la traidora mano,	 370
    para apartar la nube que esconde al bello sol.
    
    Igual que el reluciente sol de rayos de fuego,
    que supera las nubes y ciega nuestros ojos,
    corridas las cortinas, los ojos de Tarquino,
    parpadean cegados por una luz mayor.	 375
    Quizás el resplandor que emana ella dormida,
    ofusca su mirada o un resto de pudor,
    mas están tan cerrados que al abrirlos se nublan.
    
    ¡Si se quedaran ciegos en su oscura prisión!
    Quizás hubiera visto el fin de su maldad	 380
    y hubiera Colatino, reposado a su lado
    tranquilo y confiado en su honorable lecho.
    Pero es preciso abrirlos y matar esta unión
    y que la santa esposa abandone su dicha,
    su alegría, su vida y su goce del mundo.	 385
    
    En su mano de lirio, descansa su mejilla,
    como impidiendo el beso de la legal almohada,
    que airada ante el desprecio, se divide en dos partes,
    buscando en las orillas la gloria que le falta.
    Entre las dos colinas sepulta su cabeza	 390
    y tal así se ofrece, cual virtuosa estatua,
    al libertino ojo del profano Tarquino.
    
    Su otra mano se posa, fuera del dulce lecho,
    sobre la colcha verde y su albura perfecta
    es una margarita de Abril sobre la hierba,	 395
    con el sudor perlado, cual rocío nocturno.
    Son sus ojos, caléndulas, cerradas a la luz
    y engastados en sombras, confiados reposan,
    hasta que en su abertura se adorne el nuevo día.
    
    Sus dorados cabellos, jugaban con su aliento.	 400
    ¡Oh, castidad lasciva! ¿Apasionada casta!
    Tal lucía la vida sobre el mapa mortal
    y la sombría muerte, sobre el último aliento.
    En su tranquilo sueño, las dos eran hermosas,
    como si no existiera rivalidad alguna	 405
    y la vida y la muerte, vivieran hermanadas.
    
    Sus senos como globos de marfil azulados,
    inmaculados mundos, aun sin conquistar,
    no saben de otro yugo, que el de su buen señor
    y bajo juramento, le eran fidelísimos.	 410
    Estos mundos engendran la ambición de Tarquino
    y usurpador se acerca su instinto criminal
    a derrocar del trono a su fiel propietario.
    
    ¿Qué podía mirar, que mitigue el deseo?
    ¿Cómo amainar su anhelo, sin codiciar el mal?	 415
    Todo cuanto contempla le produce delirio
    y su voraz mirada se ceba con sus ansias.
    Hay más que admiración en aquello que admira:
    Las azuladas venas, el cutis de alabastro,
    sus hoyuelos de nieve y el coral en sus labios.	 420
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